Hablar de Piero es repasar la banda sonora del compromiso civil y la resistencia en América Latina. Su trayectoria artística corre en paralelo con las heridas, las búsquedas y las esperanzas de una región que encontró en su garganta el eco de sus propias luchas. Desde la trinchera de la canción de protesta, sus letras desafiaron con coraje los silencios impuestos por la censura y el exilio, transformando la melodía en una herramienta de agitación pacífica y de estricta justicia poética. Piero no buscó el aplauso dócil de la industria; eligió, en cambio, ser el altavoz de las mayorías silenciosas, consagrando su obra a un ideal inquebrantable: el de recordar que el arte, para ser verdaderamente eterno, debe brotar y volver al pueblo.

Para entender la hondura de ese compromiso estético y político, es necesario desandar el camino del hombre detrás de la guitarra y remontarse a los primeros años de una vida signada por el desarraigo, la fe y el descubrimiento temprano de la música.
Nacido en la comuna italiana de Galípoli el 19 de abril de 1945, Piero de Benedictis conoció la experiencia de la migración siendo apenas un niño de tres años, cuando su familia decidió cruzar el Atlántico en la posguerra para radicarse en Banfield, provincia de Buenos Aires. Esa doble identidad, mitad mediterránea y mitad rioplatense, moldeó su sensibilidad. Durante su juventud, el destino pareció orientarse hacia la espiritualidad mística: ingresó a un seminario católico en Allen, Río Negro, con la firme intención de ordenarse sacerdote. Sin embargo, en 1963, las aulas eclesiásticas resultaron demasiado estrechas para las inquietudes que le quemaban por dentro. Abandonó los estudios religiosos y se mudó a Buenos Aires, entregándose por completo a su verdadera vocación: la música. Sus primeras canciones grabadas de forma amateur y su debut televisivo en enero de 1964 en el programa Remates musicales fueron el bautismo de fuego de un artista que estaba a punto de cambiar las reglas de la balada popular.
Hacia fines de la década de 1960, el rumbo artístico de Piero dio un vuelco definitivo gracias a un encuentro fortuito que devino en sociedad mítica: su unión con el poeta y periodista José Tcherkaski. Tcherkaski trabajaba como cronista y Piero, alejado temporalmente de los escenarios, subsistía vendiendo cuellos eclesiásticos. Al juntarse, una química creativa arrolladora los llevó a componer sin descanso. Tras varios días debatiendo sobre cómo retratar la figura paterna alejándose de los clichés empalagosos, en una sesión de apenas diez minutos en 1969, nació “Mi viejo”. Basada en un poema que Tcherkaski le había dedicado a su propio padre —un inmigrante ruso que falleció cuando él tenía solo 14 años—, la canción se convirtió en un fenómeno continental de la noche a la mañana. Con líneas inmortales como “es un buen tipo mi viejo / que anda solo y esperando”, el tema redefinió para siempre la forma de cantarle a la vejez y a la paternidad, cruzando fronteras culturales de forma inmediata.
La crudeza y ternura de la composición conmovieron en primera instancia al entorno más íntimo del músico. El propio Piero recordaba con profunda emoción el impacto de mostrarle la obra a su padre, Lino de Benedictis, quien entonces tenía 48 años:
“Me fui corriendo a casa, me lo llevé al living, lo senté enfrente, saqué la letra y la guitarra y le dije: ‘Escuchá este temita’. Cuando iba leyendo y lo miré, lo vi llorando. Ya estaba llorando en la segunda estrofa y eso me agarró un nudo a mí en la garganta… El estribillo y la otra estrofa fueron un parto, te juro, porque era muy fuerte donde nos habíamos metido los dos”.
El estallido de “Mi viejo” no solo catapultó su carrera discográfica con el sello CBS, sino que convirtió a la dupla Piero-José en una marca registrada de la música popular. Esta masividad le abrió las puertas a nuevos lenguajes artísticos, llevándolo a debutar formalmente en el cine en la clásica película El profesor patagónico (1970). Aquella balada, que con las décadas acumularía cientos de versiones e idiomas, fue la piedra fundacional de un compromiso masivo: el puente definitivo entre el living familiar y el canto colectivo de todo un continente.
El giro ideológico, la ternura y la mordaza de los años 70
Con la llegada de la década de 1970, aquella sensibilidad que se había inclinado hacia la intimidad del hogar se expandió hacia las urgencias de la calle. Piero consolidó su madurez ideológica y transformó su música en una crónica directa y descarnada de las tensiones políticas de la época. Junto a Tcherkaski, compuso himnos de un profundo calado social y combativo como “Para el pueblo lo que es del pueblo” y “Las cosas que pasan”. Estas canciones no tardaron en convertirse en banderas cantadas en asambleas, fábricas y manifestaciones estudiantiles. Su música ya no solo acompañaba el sentir popular, sino que denunciaba activamente las profundas desigualdades y la opresión del continente.
Sin embargo, la obra de Piero en este período demostró una dualidad fascinante. Mientras su voz se endurecía frente a las injusticias, su sensibilidad poética buscaba un refugio de luz y ternura para las infancias. Así nació en 1975 el entrañable disco Sinfonía inconclusa en el mar, basado en poemas de Alejandro Mayol. Con clásicos inolvidables como “El trencito del oeste” y “La creación”, Piero logró la proeza de crear un universo lúdico y mágico en medio de un clima social que se volvía cada vez más oscuro y asfixiante.
Ese oasis creativo no pudo contener la violencia de la época. Tras el golpe de Estado de 1976 en Argentina, el contenido profundamente político y humanista de sus letras lo convirtió en un blanco directo del terrorismo de Estado. Sus discos fueron prohibidos en las radios, sus presentaciones censuradas y las amenazas de muerte comenzaron a cercarlo. La dupla compositiva se vio obligada a desarmarse para sobrevivir: acorralado por la persecución militar, Piero debió emprender el doloroso camino del exilio. Primero buscó refugio en Uruguay y luego cruzó el océano hacia España e Italia, dejando atrás su patria, pero llevando consigo una guitarra que, a la distancia, jamás aceptó ser silenciada.
Fuente: Autores varios / Ia

