“Sobre un dolor social que se hace lucha”. Compartimos un sentido relato de Sergio Zabalza.

“Fue hace tiempo. Había sufrido una pérdida muy grande, de esas que te traicionan mal. Que te hacen pensar boludeces. Como dejar de existir, esa onda Así andaba entonces. Hubo una fiesta, una reunión, o algo así. Vení boludo, dale. Fui. No sé para qué, quizás para llegar e irme. Bueno, pero allí estaba. De pronto, una mujer algo más joven que yo se sienta al lado mío. Quizás porque adivinó mi desasosiego, quizás porque así también se sentía ella. Ambos en silencio, como protegiéndonos del compromiso de sonreír; de la obligación de la alegría. Dos perdidos que se encontraban. Le acerqué una copa. Pasó un buen rato hasta que uno de los dos comenzó a hablar. Pensé que me iba a ir. Yo también. Vivo lejos. Qué hacés. Soy médica. Soy docente. Soy residente. Soy profe de educación física. Atiendo niños. Trabajo con niños. En el hospital. En escuelas y colonias. Si, son divinos, quilomberos. Mejor que los padres, ja, ja. Lo cierto es que por muy diferentes cuestiones ambos estábamos agotados. Como quienes transitan los suburbios de la existencia sin saber que el retorno se hizo escarcha. No sé cómo pasamos a estar en la calle. Más bien en la vía. Desolados. El silencio como mejor compañero. Creo recordar que me sentí agradecido por ello. Esa mutua empatía por la intimidad de los pies al caminar.  Como agazapados en el túnel de la noche. Habrán sido cincuenta cuadras. Adiós. Qué estés bien. Aquella madrugada llegar a mi casa no fue un martirio. Quizás el dolor había encontrado un cauce para drenar su hiel. Un diapasón donde resonar. No sabía nada de mi amiga, solo el hospital donde trabajaba. Creo que martes era un día que le tocaba guardia. En ese tiempo apenas podía dormir. Así que un martes a media noche comencé a caminar. Hacia el bajo, zona sur, Parque Patricios, creo, no sé. En un semáforo pregunté a un tachero que me habrá hecho una seña, tipo pa’ delante. Seguí. Nadie en la calle. Hoy me daría miedo. Pero cuando tenés el alma por el piso, ni eso. Crucé una avenida y ahí estaba. Edificio enorme. Ah, este es el Garrahan. No había casi luces. La playa de estacionamiento a oscuras. Pude ingresar. Pregunté por la sala de cardiopatías. Primer o segundo piso, no recuerdo. Me asomé en la puerta. A mi amiga se le iluminó el rostro. Es que para ella las noches de las guardias eran el momento más duro. Ahí solita. O más bien, rodeada de niños y niñas con un corazón dañado. Ahora mismo me impacta al escribirlo. O sea, un tipo grande, bueno, sí, el corazón. qué se yo, las cosas. Pero un chiquito que apenas comenzó a transitar la vida, me dejaba sin palabras. (De hecho, hoy recuerdo la angustia que me tocó vivir cada vez que alguna bronquitis hacía que a mi hijo le costara respirar).  Qué bueno que viniste, esperame en el buffet, ya bajo. Aquí se trabaja con todo tipo de padecimientos, explicaba mi amiga, cafecito de por medio. Pibes con enfermedades crónicas, cardiopatías congénitas ¿entendés? Sí, sí. Pero en realidad a mi amiga no le interesaba hablar de enfermedades. Hablaba de personas, de los nenes y nenas. De Ariel, que vino de Misiones y apenas llegó le contó muy entusiasmado la historia de unos dados mágicos que adivinaban la suerte. De Catalina, muy enojada porque en el viaje desde San Luis había perdido una muñeca. De los médicos y médicas que le habían comprado una nueva y que le pusieron de nombre “Chiquita”, como su abuela la llamaba en el campo. De Marcos, un nene santafecino que se vino con unos autitos que mi amiga guardaba todas las noches sobre una mesita para que cuando se despertara pudiese jugar. Y de muchos otros y otras. Sus historias, sus dibujos, sus mejorías. Sus altas. Yo la escuchaba. Atentamente. Si en algún lugar me formé como analista sin saberlo fue en la cafetería del Hospital Garrahan. Yo la escuchaba. Y sus palabras me curaban. O más bien, me ubicaban. Me afinaban la cuerda del dolor. Para que el eco de la compasión resonara más allá de mí. Ahí, en la condición trágica de toda existencia. Una vez me hizo pasar a la sala. Me asombró el rostro de algunos nenes. Con una entereza y seriedad conmovedoras. Como si asumieran el duro tránsito que les tocaba vivir. Como si aceptaran que para ellos era así. En el Garrahan.  Fueron largas semanas de mutua terapia. Quizás meses. Siempre de noche. Las cincuenta cuadras. Los galpones. La desolación. Y el refugio. La amiga médica, el buffet, la charla, las historias, las risas. Un martes llegué y había algo distinto. Movimiento. Médicos y médicas de otras salas que iban y venían. Mi amiga con un semblante desencajado que me mira a lo lejos. Me hace una seña. Al rato apareció en el buffet. Me bastó verla para saber cómo venía la mano. Se había muerto Catalina, la nena de la muñeca. La muerte es una posibilidad cierta en la tarea de un médico. Pero no siempre están preparados para ello. Se comen toda la transferencia, como solemos decir entre analistas. O sea, el amor y el saber que, en este caso, una pacientita deposita en la médica que la atiende. Y entonces te morís con ellos. Así estaba mi amiga. Por primera vez en mucho tiempo sentí que ser testigo del dolor del Otro sirve para algo. Para cuidar a una médica que atiende niños y niñas.

Me encontré bosquejando estas líneas después de escuchar, leer y ver el abandono al que este gobierno condena al Garrahan y a sus trabajadores quienes, al igual que sus pacientitos, la están peleando. El despojo a ese hospital es el símbolo máximo de la infame crueldad que esta administración imprime en cada una de sus resoluciones. Esos tipos que no tienen hijos y dicen que el Estado no debe hacerse cargo de los nenes y nenas de la nación.  Pero hay algo más ¿qué le sucede a una sociedad que no escucha a sus médicos? ¿Dónde va a parar ese dolor que -como ningún otro rasgo- distingue a la condición propiamente humana? Ninguna IA puede comprender esto. Porque no tiene cuerpo. Estamos atravesando una noche desolada. Cuidado, una barbarie sin metáfora nos espera a la vuelta de la esquina si desconocemos la transferencia de amor y saber que depositamos en los y las profesionales de la salud. El dolor sin refugio retorna de la peor manera. Esos nenes y nenas son el rostro de nuestra propia vulnerabilidad. Darles la espalda es olvidarnos de nosotros mismos. Con el alma por el piso y el retorno hecho escarcha. Por eso, al marchar quiero encontrar a mi amiga en el rostro de esos residentes, trabajadores y profesionales que, en lugar de comerse la transferencia, decidieron salir a pelear por los nenes, por las nenas. Y por ellos. Salú”

Sergio Zabalza.  Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires (UBA).