Mientras el río avanza implacable sobre las islas de San Javier, un operativo histórico logró evacuar a millones de abejas en una barcaza contrarreloj. Sin embargo, el destierro en el continente condena a los productores a una temporada con producción cero y la pérdida de la certificación orgánica. La paradoja de este rescate es amarga. Las abejas están a salvo, pero la temporada productiva está completamente perdida.

La crecida del río Paraná no da tregua. En la región santafesina de San Javier, el agua comenzó a lamer los bordes de las islas y encendió las alarmas de la Cooperativa Apícola Granjera. Allí, donde la naturaleza suele regalar condiciones perfectas para una de las mejores mieles del país, la urgencia obligó a un despliegue logístico inédito: mudar de urgencia 1.200 colmenas para evitar una muerte masiva bajo el agua.
El operativo, que en otras épocas hubiese significado una catástrofe total, esta vez contó con un aliado clave. Gracias a una barcaza de gran porte adquirida recientemente, seis productores locales lograron trasladar entre 200 y 250 colmenas por viaje hacia tierra firme. Un rescate titánico que salvó la vida de millones de insectos que son, ni más ni menos, los polinizadores indispensables para sostener la vida y la biodiversidad en el planeta.
Pero en el mundo de la apicultura, salvar la vida no siempre significa salvar el sustento. El destierro y el fin de la floración
La paradoja de este rescate es amarga. Las abejas están a salvo, pero la temporada productiva está completamente perdida. Al verse obligados a abandonar las islas justo en el inicio del ciclo clave de floración (que abarca de noviembre a abril), el ecosistema que alimenta la producción se desvaneció.
Hoy, las colmenas descansan en campos ganaderos del continente. Allí, las abejas se enfrentan a un escenario hostil: el pisoteo y el pastoreo del ganado vacuno reducen a la nada las pocas flores disponibles. Sin alimento natural, la supervivencia se vuelve artificial, costosa y precaria.
El golpe al bolsillo y el fin del sello orgánico El impacto económico para la cooperativa es devastador. De un promedio histórico de 45.000 kilos de miel por temporada, las proyecciones más optimistas para este año apenas rasguñan los 3.000 kilos. Una caída vertical que deja a las familias productoras al borde del colapso financiero, asfixiadas además por los nuevos costos de logística, combustible y alquileres de campos altos.
Por si fuera poco, el éxodo forzado rompe el aislamiento geográfico que permitía cosechar una miel premium. Al trasladarse a montes continentales rodeados de actividad agrícola tradicional, el riesgo de exposición a fumigaciones es total. ¿El resultado? La pérdida inmediata de la certificación orgánica, el valor agregado más codiciado en los mercados internacionales.
Las colmenas se salvaron del agua, pero el negocio apícola se ahoga en la incertidumbre. El Paraná demostró una vez más su fuerza indomable, dejando a los guardianes de las abejas con las manos vacías y la mirada puesta en un horizonte donde el río, finalmente, decida retroceder.
Fuente: Compromiso Ambiental Cafayate