Creo que si hay algo que hizo que la serie El Eternauta fuera popular en tantos países es la cotidianeidad, casi universal, en la que se manejan sus personajes. Más allá de los sucesos extraordinarios de la nieve exterminadora, o los escarabajos depredadores y de los increíbles efectos especiales, cada cual podría identificarse o reconocer a alguno de estos personajes y relacionarlos con personas con las se haya encontrado en su vida. Todos están imbuidos de esa “humanidad” en el cabal sentido de la palabra: egoísmos, agresiones, desconfianzas, amor, odio, vulnerabilidad, fortaleza, capacidad para construir, capacidad para destruir, y también, por qué no, solidaridad. Aunque no abundan, en esta primera parte de la serie, personas absolutamente solidarias. Si hay seres piadosos, capaces de pensar en el otro.

Las “impulsoras” infaltables
En los primeros tres capítulos, lo que más fuerte me llegó al alma son las actitudes de Ana (la esposa del Tano), Inga (la joven del reparto de aplicación) y de Elena (la ex esposa de Juan Savio), que además es médica. Tres mujeres solidarias que van marcándole el rumbo a los otros personajes. Ellas son las verdaderas heroínas de estos tres capítulos. Son las que piensan en el otro, son las que van demostrando que hay “otros” que también deben necesitar ayuda.

La actitud de Ana, cuando pide auxilio Inga, la repartidora que quedó atrapada en el garaje, es conmovedora, desde su insistencia para que le abran la puerta a pesar del miedo, hasta cuando entra Inga y se saca su propio pulóver para abrigarla.
También es conmovedor el pensamiento de Inga, que es consciente de que está viva gracias a su hermano, pero ella ha tenido poco antes con él, un acto amoroso: acudiendo a la entrega del pedido por aplicación para que él pueda seguir jugando a la pelota con sus amigos en una plaza de Buenos Aires.

Las conductas de Elena son ejemplares: a pesar de que, junto a Juan, está buscando a su hija, no deja de pensar en los otros. Estando en la Escuela de Clara (la hija) para ver si encuentran la dirección de una compañera donde suponen debería estar ella, se topan con los gritos de alguien atrapado en un salón. No solamente hace que Juan libere al joven japonés Pablo, encerrado por sus propios compañeros, sino que tiene con él actitudes de madraza. No se enoja con la mentira del joven cuando los dirige a su propia casa en vez de llevarlos a la casa donde podría estar Clara, sino que además le exige a Juan que entren a una farmacia para encontrar un remedio, ya que Pablo ha levantado mucha fiebre. Cuando están dentro de la farmacia, una joven embarazada grita desde afuera para que la ayuden. Juan no quiere abrir y es éella la que le pide que lo haga. Es engañada en esta ocasión y encerrada junto a Juan en un cuartito. Pablo, el chico japonés, no es visto por los agresores porque queda escondido detrás de una estantería. Juan le pide que abra la puerta, pero el chico, enojado con él y con el mundo, le dice que no le va a abrir. Juan le habla amenazante y el chico lo insulta. Son momentos de mucha tensión. Pablo ha visto muerta a toda su familia cuando pasaron por su casa. Pero Elena dice suavemente dos palabras: “dale…Pablo…” y la puerta se abre. Elena y Pablo se funden en un abrazo.
Esa imagen vale más que mil palabras.
Todo lo que se “difunde” no siempre es “verdad”

En los siguientes capítulos se van alternando momentos de terror y de distención. Los personajes se van rencontrando y conociendo a otros. Van deambulando más o menos organizados. Una Iglesia en Avenida San Isidro Labrador, en el barrio de Saavedra, Sirve de refugio y reencuentro de varios personajes. Entre ellos está un excombatiente de Malvinas (como Juan) al que le falta una pierna. En los primeros capítulos, Juan ya lo había visto en la calle desde su coche y no lo había reconocido, hasta lo había mirado despectivamente. Este hombre les habla de un túnel que hay debajo de un puente, donde él vivió, y que podía ser un buen refugio. Todos se preparan para ir porque los escarabajos están cerca. Pero el excombatiente sin pierna decide quedarse junto a una compañera y ambos se inmolan cuando van entrando al edificio los cascarudos. Es impresionante la imagen de la Iglesia y su torre en llamas, que observan desde lejos, los que van hacia el túnel.

Un momento de distención es el Shopping, donde hay de “todo”, como en Disneylandia.
Comienza a hacerse fuerte la versión de ir hacia Campo de Mayo donde se supone se está organizando la resistencia. Por los caminos que van atravesando se ven a los cascarudos trasladando cuerpos de personas atrapadas con unas especies de redes blancas. Ya ha dejado de nevar.
Creo que en este último capítulo -de la primera temporada- es donde muchos de los personajes principales han evolucionado hacia una actitud solidaria.
En Campo de Mayo, Juan, el Tano y Omar se reencuentran con Lucas que había desaparecido. Allí hay un comando militar que está organizando a los que allí se encuentran y convocan al Tano para que se presente. Le piden que arregle un radio transmisor muy antiguo para ir a la Capital a buscar sobrevivientes. Lucas convence a todos para que obedezcan lo que les piden los militares. Entre otras cosas, tienen que derribar, con un tren viejo, la muralla de coches destartalados que hay para poder pasar a la ciudad. Las distintas “misiones” salen del Campo Militar. Estando ya en capital se dan cuenta que el enemigo real no son los cascarudos, hay hombres y mujeres que se comunican por altoparlantes y que están armados matando por doquier gente. Ahí comprenden que Lucas ha sido abducido y es parte de la emboscada. Desde la terraza del edificio donde están, Lucas se suicida, pero antes hiere con una cuchilla a Omar.

Hay fuegos en el cielo y a lo lejos se visualiza el Estadio de River que emana una luz nubosa y azulada. Además, en una pequeña cúpula cercana se ve, sobre un pequeño pedestal, una mano llena de dedos. El Tano se lleva en el Tren a Omar hacia Campo de Mayo pero Juan decide quedarse y seguir investigando.
La última imagen panorámica, que tiene como protagonista a Juan, es apocalíptica. Desde los alto parlantes salen órdenes para que distintos grupos de personas, ya convertidas en zombis, se suban a camiones del ejército. Entre las y los uniformados que custodian las operaciones Juan reconoce a su hija. Ahora comprende que la “misión rescate” ha sido un engaño.
Espero con ansiedad que en los próximos capítulos las fuerzas del bien “Colectivo” logren vencer a las del mal. Y también, que quede mejor expuesto el rol de Campo de Mayo en el exterminio.
Laila Linares para Agenda del Sur
