Por Myriam Bregman. No podemos exigirles a quienes no son de izquierda que lean la historia desde nuestra perspectiva, ni que intenten comprender la realidad desde una mirada materialista y marxista. Pero tal vez sí podemos sugerirles que lean a Rodolfo Walsh y su magistral “¿Quién mató a Rosendo?”

​Allí, Walsh explica muy bien qué significa que, en medio de una lucha, un conflicto o ante un crimen, se señale a alguien de manera peyorativa como “trotskista” (“son los troskos”), como sinónimo de “lo malo”, de aquello que merece ser culpado, atacado e incluso patoteado o reprimido.

​Walsh plantea esta idea en varias oportunidades a lo largo de un texto que hizo escuela. El macartismo funciona como antesala de una acción antipopular y antiobrera; es decir, reaccionaria. Puede adquirir un carácter gangsteril y, lógicamente, proempresarial, porque favorece a los enemigos de clase.

​Tengo el orgullo de haberme relacionado con algunas de las hijas de los protagonistas de ese libro. Fui abogada de la hija de Raimundo Villaflor en la causa ESMA; de representar desde hace años a Patricia Walsh en la causa por su padre y por su hermana Vicki (actualmente en pleno juicio oral); y también de militar cada día, codo a codo, con una dirigente compañera de mi partido, Laura Lif, hija del abogado de Raimundo.

​Por eso, cuando aparece un ataque sistemático a la izquierda, a sus principios y a sus referentes, es necesario revelar qué es lo que realmente se está defendiendo.

Discursos macartistas fueron la retórica de bandas como la Triple A, responsable del asesinato de miles de militantes, no sólo trotskistas y comunistas, también peronistas. Son discursos peligrosos, aunque quizás muchos no sepan o no dimensionen lo que repiten.

¿Yo? Orgullosamente zurda, troska, de izquierda.