El gobierno norteamericano sancionó al principal grupo empresarial cubano y a la empresa minera productora de níquel, además de anunciar que continuará con la presión económica criminal que está llevando a una catástrofe social.

Por Diego Dalai. A una semana del decreto emitido por Donald Trump que profundizó el sistema de sanciones económicas y financieras contra Cuba, este jueves el Departamento de Estado incluyó en la lista de instituciones y personas afectadas al Grupo Empresarial GAESA, a su directora, Ania Lastres Morera, y a la empresa minera cubano-canadiense Moa Níquel.
El comunicado, firmado por Marco Rubio, justifica las sanciones en que “el régimen comunista cubano (…) ha devastado la isla y la ha convertido en una plataforma para operaciones de inteligencia extranjera, militares y terroristas”. En particular contra la empresa Moa Níquel, se argumenta que “lucra con activos que fueron expropiados originalmente por el régimen cubano a personas y empresas estadounidenses”, y advierte que “se prevén nuevas sanciones en los próximos días y semanas”.
Resulta interesante el énfasis sobre el supuesto carácter comunista del régimen y la mención a las expropiaciones posteriores a 1959, demostrando la base ideológica y política de las sanciones, al igual que el conjunto del bloqueo que data de 1962, a lo que nos referiremos al final del artículo.
¿Qué implican las sanciones imperialistas?
En concreto, las sanciones implican el bloqueo de todos los “bienes e intereses patrimoniales” que tengan las instituciones y personas afectadas en EE. UU.; y la prohibición de cualquier transacción comercial o financiera que las involucre. Más en general, el comunicado reafirma el carácter extraterritorial de las sanciones establecidas por la OE 14404 de Donald Trump, según la cual cualquier persona o empresa no estadounidense que “opere en los sectores de energía, defensa y materiales conexos, metales y minería, servicios financieros o seguridad de la economía cubana (…) están expuestas a sanciones”.
Aquí entró la sanción a la minera multinacional canadiense Sherritt que desde 1994 compartía la empresa mixta Moa Níquel con la estatal cubana Compañía General de Níquel SA, y desde 1998 en la empresa mixta Energas SA con una participación del 33% con las estatales Unión Eléctrica y Cupet. Esta sanción es un golpe muy duro para Cuba, no solo por tratarse del socio extranjero más importante, sino porque resulta una amenaza en los hechos a cualquier empresa que pudiera estar pensando en invertir en la isla.
Hay que aclarar que la Sherritt ya había suspendido sus operaciones en Cuba por falta de combustible a mediados de febrero, aunque preveía retomarlas cuando fuera posible, y venía con fuertes caídas en la producción: 17% menos de níquel y 15% menos de cobalto en 2025 respecto de 2024 debido a la falta o retrasos en la entrega de insumos, los prolongados apagones eléctricos los efectos del huracán Melissa.
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Así las cosas, la multinacional emitió un comunicado horas antes de del comunicado del Departamento de Estado que la sancionaba, declarando que se retiraba de las asociaciones con empresas cubanas, que comenzaba la repatriación de su personal en Cuba y que pedía acción recíproca con el personal cubano en Canadá, todo con efecto inmediato. Además de afectar los ingresos directos en divisas por la venta de níquel y cobalto, la salida de Sherritt puede agravar la situación de crisis energética, ya que se calcula que es responsable de un 10% de la generación eléctrica nacional.
El gobierno ultraderechista de Trump y Rubio quiere instalar la cínica idea de que el bloqueo y las sanciones son contra el régimen cubano y para defender los derechos del pueblo cubano. Recientemente Marco Rubio declaró que GAESA es “un holding creado por generales en Cuba que ha generado miles de millones de dólares en ingresos, ninguno de los cuales beneficia al pueblo cubano” y que por ello “no se trata de sanciones contra el pueblo cubano”. Lo cierto es que esas sanciones bloquean la llegada al país de todo tipo de productos (maquinarias y repuestos, materias primas, materiales de construcción, herramientas), incluso tan básicos como alimentos o medicamentos. Y esto sumado al bloqueo casi total de combustible (solo se permiten importaciones menores al sector privado de tanques de hasta 25 mil litros) que ocasionó la falta de transporte público y grandes apagones en todo el país que afectan hasta los hospitales.
Enfrentar el bloqueo imperialista con una gran campaña internacional
La Casa Blanca no tiene forma de disimular que aplica contra Cuba una política criminal de castigo colectivo que incluso ha sido rechazada por la ONU y hasta reconocida por el propio Trump que dijo que estaba causando una catástrofe humanitaria. Contra todo el derecho internacional, tratan de imponer su voluntad y sus intereses a un Estado y a un pueblo soberanos, mediante métodos de coerción económica, buscando provocar hambre, miseria y desesperación entre la población, apostando a un estallido social que fuerce un cambio de régimen. La administración Trump incluso viene agitando el fantasma de una intervención militar, que llegó a su punto máximo el 1ro de mayo con las declaraciones de Trump sobre enviar al portaviones Abraham Lincoln a las costas de la isla, aunque en los últimos días han decidido bajar el tono diciendo Marco Rubio que una acción armada “no está en sus planes inmediatos”.
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Tenemos que enfrentar esta política en todo el continente, poniendo en pie fuertes campañas internacionalistas de solidaridad con Cuba y antiimperialistas, que movilicen a decenas de miles de estudiantes, trabajadores, organizaciones sindicales, de derechos humanos y sociales hasta lograr frenar esta ofensiva imperialista. Hay que exigir a los gobiernos que se dicen progresistas como Lula, Sheinbaum, Petro, tomen medidas concretas y serias de solidaridad con Cuba. Es vergonzoso el papel que vienen jugando estos gobiernos desde que empezó el bloqueo petrolero a principios de enero tras el ataque militar imperialista en Venezuela. No enviaron un solo barril de combustible. Sheinbaum se limitó a algunos envíos de ayuda humanitaria completamente insuficientes y sin incluir combustible. Lula, ni eso. Por el contrario, se acaba de reunir con Trump en EE. UU. y manifestado que fue un encuentro productivo, donde él se ofreció a mediar entre Washington y La Habana. Ni siquiera le exigió poner fin al bloqueo de combustibles. En particular, en Brasil, México y Colombia se necesita una gran movilización para que sus gobiernos rompan con la política conciliatoria con EE. UU. y envíen combustible a Cuba.
Se necesita una campaña a nivel continental, sin ninguna duda también en el propio EE. UU., apoyándose en las grandes luchas que viene llevando adelante la juventud, los inmigrantes y otros sectores de la clase trabajadora, como en Minneapolis o las marchas No King. Una campaña independiente de la burocracia gobernante del Partido Comunista de Cuba que sigue aplicando medidas de ajuste, de desmantelamiento de las conquistas sociales y de restauración capitalista, al mismo tiempo que reprime la protesta social en el marco del opresivo régimen de partido único.
Las causas de la debacle económica y social en Cuba
Por último, sobre el supuesto carácter comunista del régimen y la mención que hace el comunicado del Departamento de Estado sobre las expropiaciones posteriores a 1959, aclaremos que Cuba no llegó nunca al comunismo, ni sus dirigentes intentaron avanzar hacia el comunismo, más allá que el partido gobernante lleve tal nombre. La revolución conquistó la independencia económica y política de EE. UU. al que había quedado subordinada la isla desde 1898. También conquistó la nacionalización de su aparato productivo, hasta entonces en manos de empresarios yanquis y cubanos asociados a los yanquis.
Es bueno señalar que la contraparte de esa situación semicolonial que sufría la isla era una inmensa, muy mayoritaria, analfabetización sobre todo en el campo, donde tampoco había prácticamente atención médica; un fenomenal desempleo estacionario cuando terminaba la zafra; y altos índices de deficiencia alimentaria especialmente en niños. En el plano político, la opresión imperialista se plasmaba en cruentas dictaduras como las de Machado y Batista o en regímenes formalmente democráticos tutelados desde Washington, solo a excepción del breve gobierno de Grau San Martín y su ministro Antonio Guiteras.
Junto a la independencia del imperialismo y la nacionalización de la economía, la revolución alcanzó otras grandes conquistas sociales como el monopolio estatal del comercio exterior (para evitar la “guerra económica” con mercancías baratas) y la planificación económica aunque burocrática. Cuba se transformó en una economía en transición al socialismo (o estado obrero) burocráticamente deformada. Dentro de ese conjunto de medidas, las expropiaciones que tanto odian Marco Rubio y los imperialistas (y sus arrastrados amigos ultraderechistas latinoamericanos como Milei) permitieron poner a una isla bloqueada al nivel de los países desarrollados en casi todas la áreas sociales, especialmente en salud, educación y deportes, además de garantizar la alimentación y muy baja desocupación.
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Aclaramos el carácter burocrático de la planificación económica porque es uno de los factores más importantes que impiden el desarrollo hacia el socialismo en los regímenes de tipo estalinistas, ya que no son las y los trabajadores autoorganizados quienes toman las decisiones (tanto a nivel de empresa, como a nivel local y nacional), sino que lo hace la propia burocracia “desde arriba”. Esto en Cuba significó históricamente la subordinación a la URSS, manteniendo la estructura económica en base al monocultivo de azúcar y adoptando la estrategia estalinista del “socialismo en un solo país” (o bloque de países) que condenaba a la isla a resistir sola en América contra la mayor potencia del mundo a 150km de distancia. Pese a todas estas deformaciones y al bloqueo imperialista, se consiguió elevar el nivel de vida de las masas como nunca lo habían hecho, poniendo la economía nacional al servicio de las necesidades sociales y no de la ganancia capitalista.
Con la desaparición de la URSS, la planificación burocrática significó un ajuste fenomenal que debió pagar el pueblo trabajador y la introducción de amplias reformas de mercado; más tarde, la dependencia de Venezuela; los despidos en masa y otros ajustes y reformas de Raúl Castro. Desde mediados de 2021 con la Tarea Ordenamiento de Miguel Díaz-Canel, la degradación de la situación social, el desmantelamiento de las conquistas sociales y el impulso a los mecanismos de mercado y al sector privado, dieron un salto que provocó consecuencias nefastas para las y los trabajadores: desabastecimiento, alta inflación, apagones eléctricos, aumentos de tarifas, desempleo y un sin fin de calamidades. Sobre esa crisis que entre 2019 y 2024 provocó una caída del PBI de más de 15% y está discutida la caída en 2025 pero supera el 7%, una emigración de 1,8 millones de cubanos y cubanas desde 2021, sobre esa situación se montó la actual ofensiva imperialista arrastrando al pueblo directamente hacia una catástrofe. Estas son las verdaderas causas de la crisis social en Cuba, no las expropiaciones o el “comunismo” como propagandean Trump y Rubio.
Fuente: La Izquierda Diario

