El plantel de Tigre se impuso 3-0 de visitante contra Nacional de Montevideo y terminó festejando de cara a sus hinchas con la misma bandera que desplegaron los jugadores de la selección. Unos días antes, los jugadores de Ferro habían hecho lo mismo después de su triunfo contra Colón de Santa Fe en Caballito. Los efectos de la bandera no solo despertaron una reacción antiargentina, sino también un impulso al reclamo de soberanía argentina sobre las islas.

Por Juan Manuel Astiazarán / @juanmastiazaran. En la noche de este miércoles en el Gran Parque Central de Montevideo, el triunfo de Tigre sobre Nacional por 3 a 0 por la Copa Sudamericana quedó marcado por algo más que lo deportivo. En el césped, los jugadores del Matador desplegaron una bandera que rezaba: “Las Malvinas son argentinas”. Una imagen que fue idéntica a la que la selección argentina había mostrado tras eliminar a Inglaterra, que también fue replicada por el plantel de Ferro el viernes pasado.
El mensaje no solo empieza a replicarse en otras canchas y tribunas, sino que también disparó las búsquedas sobre el tema en Google, que aumentaron un 2.400% tras el triunfo. Evidentemente estamos ante un gesto político sumamente potente, que todavía cuesta dimensionar el impacto que está generando, pero que sin dudas reafirma que el reclamo de soberanía sigue vivo y que la campaña antiargentina no puede tapar lo que late en el fondo de la historia: la causa Malvinas es, ante todo, una bandera más vigente que nunca contra el imperialismo y el colonialismo.
El gesto de Tigre no fue casualidad. En el contexto actual, con una campaña antiargentina furiosa desatada desde las usinas de los principales países imperialistas y sus medios de comunicación, los jugadores e hinchas del equipo de Victoria se unieron en el cántico clásico: “El que no salta es un inglés”. El club incluso compartió las fotos en sus redes, mostrando la bandera en la tribuna visitante, aunque no trascendió su procedencia exacta. Lo cierto es que la escena fue un calco del festejo de la selección, con la bandera de Malvinas como estandarte.
La Conmebol, lejos de dejarlo pasar, abrió un expediente contra Tigre por exhibir mensajes “políticos”. Según el artículo 5.8.3 de su Manual de Clubes, están prohibidas las leyendas de contenido político, religioso o comercial en partidos oficiales. Por esto, Tigre podría ser multado con al menos 8.000 dólares, aunque los jugadores no recibirán sanciones individuales y podrán disputar la revancha en Victoria. Mientras tanto, el fervor popular se hace sentir más allá de las regulaciones de los burócratas del fútbol sudamericano.
El clima de tribuna, sin embargo, revela algo más profundo que una simple reacción ante una victoria deportiva. El despliegue de la bandera de Malvinas por parte de la selección argentina en el Mundial –que desafió la censura de la FIFA y la mirada imperialista de la organización– tuvo un eco inmediato. Es que la cuestión Malvinas continúa funcionando como una reserva profunda de la sociedad argentina, un sentimiento elemental de injusticia ante un territorio ocupado y una potencia extranjera que busca naturalizar esa situación. El gesto de los planteles de Tigre y de Ferro, emulando a la selección, abre la conversación y deja en claro que debajo de años de entreguismo y despolitización persisten sentimientos que el orden no ha logrado extinguir.
Las amenazas de sanción no son casualidad tampoco. Desde los burócratas de la FIFA y la Conmebol hasta sectores del periodismo y el poder político reclaman sanciones y ponen el grito en el cielo, como una manera de demonizar lo popular, criminalizar el justo breclamo y reforzar la subordinación al imperialismo. Una forma de redoblar las cadenas de dominación, donde ni siquiera está permitido pronunciarse públicamente.
La causa Malvinas está más vigente que nunca. En tiempos de entrega y saqueo, es necesario transformar ese sentimiento legítimo en una lucha consecuente, uniendo la causa de Malvinas a la pelea contra toda forma de opresión colonial y expoliación como la que actualmente sufre la Argentina de la mano del Gobierno de Milei y todos sus cómplices.
Fuente: La Izquierda Diario

