Hace 51 años, el mundo presenció una de las humillaciones más importantes de EE. UU: los tanques del Ejército Popular de Vietnam y las fuerzas guerrilleras del Frente Nacional de Liberación derribaron las rejas del Palacio de la Independencia en Saigón. Mientras los últimos helicópteros estadounidenses huían desde la azotea de su embajada, el pueblo vietnamita conseguía una de las mayores victorias políticas y militares de un pueblo hostigado y agredido por el imperialismo: la derrota absoluta del imperialismo yanqui y el aplastamiento de su régimen títere en el sur.

El conflicto había comenzado años atrás, cuando, tras la expulsión del colonialismo francés, EE. UU decidió sabotear los Acuerdos de Ginebra de 1954. Washington sabía que el líder comunista Ho Chi Minh ganaría en unas elecciones libres, así que impuso a sangre y fuego una dictadura reaccionaria en el sur para frenar la expansión del socialismo en Asia.

Convirtieron Vietnam en un laboratorio de exterminio, arrojando millones de toneladas de bombas, napalm y Agente Naranja sobre población civil. Sin embargo, subestimaron la fuerza inquebrantable de un pueblo organizado. Frente a la maquinaria de guerra capitalista, Vietnam contestó con la movilización popular masiva. Campesinos, estudiantes y obreros tejieron una increíble red de resistencia armada, túneles y agitación política que hizo frente al invasor, demostrando que la tecnología militar es inútil frente a la conciencia de clase.

La entrada en Saigón aquel 30 de abril no solo significó el fin de la masacre, sino la culminación del proceso revolucionario: la reunificación de la patria y la posterior fundación de la República Socialista de Vietnam. Sobre las cenizas de un país arrasado, el pueblo vietnamita levantó su dignidad. Hoy, esta gesta sigue siendo ejemplo para el internacionalismo proletario, recordándonos la lección más valiosa de nuestra época: ningún imperio es invencible cuando las masas deciden defenderse de manera revolucionaria.

“El imperialismo es una sanguijuela con dos ventosas: una chupa la sangre del proletariado en la metrópoli y la otra chupa la de los pueblos colonizados. Si se quiere matar a la sanguijuela, hay que cortar ambas ventosas a la vez.” (Ho Chi Minh, El proceso de la colonización francesa, 1925).